Casi nadie pone en duda actualmente que el aprendizaje cooperativo es una de las estrategias metodológicas más adecuadas para favorecer el desarrollo de las competencias básicas y así se ha comentado, a menudo, en este blog. Trabajar en equipo (no en grupo) ayuda a desarrollar valores como la empatía, la ayuda mutua, la participación, la asunción de responsabilidades (competencia social y ciudadana), favorece la metacognición, la conciencia sobre los propios errores y la autorregulación del aprendizaje (competencia en autonomía y en aprender a aprender) y además propicia la interacción comunicativa oral y escrita (competencia en comunicación lingüística).
Como decíamos al principio, el mundo de la Web 2.0 nos coloca en un escenario en el que, teóricamente al menos, se potencia el trabajo colaborativo. ¿Quién de nosotros no ha aprendido mucho más sobre el uso de las nuevas tecnologías en la interacción entre los iguales en la blogosfera (a través de los comentarios, los foros...) que en un curso oficial de TIC al uso? La potencialidad del aprendizaje entre iguales, que todos hemos experimentado, es la base del aprendizaje cooperativo.
Por otro lado, una escuela que se considera inclusiva no puede basarse en planteamientos individualistas o competitivos. Que todos nos sintamos participes de la escuela al mismo nivel tienen que ver con el desarrollo de valores como el respeto mutuo, la aceptación de la diferencia, la interdependencia positiva..., valores todos ellos que están también en la base de esta metodología. Qué decir tiene que la respuesta a esa diversidad que se deriva de una escuela inclusiva no puede ser tratada eficazmente sin una organización de aula y de las tareas basada en la interacción entre los iguales. No podemos tratar como si fueran homogéneos grupos con una tan amplia diversidad.